El caso de Yulitxa Tolosa
Por Marcelo Torres Cruz
Educador Popular Terapéutico
Hay historias que sólo parecen importarle al mundo cuando terminan en tragedia. Mientras una vida lucha en silencio, mientras una mujer madruga para educar niños en medio de barrios olvidados, mientras un padre intenta reconstruirse para no repetir las heridas que heredó, los reflectores permanecen apagados. Cerca del barrio donde vivía Yulitxa Tolosa hay una profesora llamada Juanita, una humilde educadora que trabaja diariamente con niños y padres de familia, llevando esperanza, diplomas, donas y espacios pedagógicos para fortalecer la vida emocional de sus estudiantes. Sin embargo, ningún medio de comunicación habla de ella. Nadie llega a grabar esos pequeños actos de amor que, silenciosamente, están sembrando futuro. Pareciera que la sociedad solamente mira hacia ciertos territorios cuando ocurre una tragedia, cuando aparece la violencia o cuando el dolor se convierte en noticia.
El caso de Yulitxa deja ver también una profunda fractura emocional que muchas veces la sociedad no quiere mirar. Una mujer abandonada por su madre, criada por una prima, caminando durante décadas con vacíos afectivos que probablemente nunca lograron cicatrizar del todo. Hay heridas que no hacen ruido, pero lentamente van apagando el sentido de vivir. Cuando una persona siente que no pertenece, que no encuentra refugio emocional ni propósito interno, comienza a habitar un cansancio silencioso que muchas veces nadie detecta. Desde una mirada humana y pedagógica, no se trata de juzgar decisiones ni caminos, sino de comprender que detrás de muchas conductas existe un ser humano que lleva años sintiéndose invisible, insuficiente o profundamente solo.
Vivimos además en una sociedad que le declaró la guerra al paso del tiempo. Especialmente muchas mujeres han sido empujadas a creer que el valor de su existencia depende de mantenerse eternamente jóvenes. Y allí aparece otra tragedia silenciosa: la incapacidad de aceptar el cuerpo, las arrugas, las transformaciones naturales de la vida. Pero envejecer no debería ser visto como una derrota. Envejecer también es llegar al territorio de la experiencia, de la calma y de la comprensión profunda de uno mismo. La juventud tiene belleza, sí, pero también ansiedad, miedo y confusión. Los años, en cambio, pueden traer la serenidad de quien ya no necesita demostrar nada. Tal vez la gran tarea pedagógica de este tiempo sea enseñar a reconciliarnos con nuestra edad, con nuestra historia y con el cuerpo que nos ha acompañado a sobrevivir.
Finalmente, duele descubrir que muchas veces las heridas más profundas llegan desde los círculos más cercanos. En este caso, las personas en quienes aparentemente existía confianza terminaron vinculadas al dolor y a la muerte. Y eso toca una fibra profundamente humana y espiritual: el abandono. Tal vez por eso resuenan aquellas palabras del Evangelio cuando Jesús, rodeado de quienes decían amarlo, expresó su sed, su miedo y su sensación de haber sido dejado solo. Porque el ser humano no muere únicamente por las heridas del cuerpo; muchas veces comienza a apagarse cuando siente que ya no tiene un lugar seguro donde descansar el alma. Que esta historia no sea solamente una noticia más, sino una oportunidad para reflexionar sobre el cuidado emocional, la compasión y la necesidad urgente de volver a mirarnos como seres humanos antes que como titulares pasajeros.
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