En un rincón íntimo del arte colombiano reposa una obra singular: un retrato a carboncillo realizado por el maestro Guillermo Valero, que no solo representa el rostro de Marcelo Torres Cruz, sino que narra, trazo a trazo, los momentos más significativos de su vida. La obra, de profunda fuerza expresiva, va más allá de la imagen física: es un viaje visual por las huellas existenciales, pedagógicas y espirituales de un hombre consagrado a la palabra, la música y la transformación social.
El maestro Valero, con su reconocida sensibilidad para captar el alma de sus retratados, escogió el carboncillo como medio para sugerir la memoria, lo efímero, lo esencial. En cada sombra y luz del dibujo se revelan los episodios que marcaron el camino de Torres Cruz: su infancia en los paisajes andinos, su formación como pedagogo comprometido con las comunidades, su labor como músico que lleva melodías de esperanza, y su escritura como acto de resistencia y poesía.
La mirada serena pero firme del retrato parece contener el eco de las aulas, las plazas y los territorios donde Marcelo ha sembrado humanidad. En el fondo del dibujo, casi como un susurro visual, se insinúan partituras, libros abiertos, manos entrelazadas en un gesto colectivo y árboles que evocan raíces profundas y sueños que aún brotan.
Esta obra no es solo un homenaje, sino un testimonio gráfico del paso de un ser humano por la vida con la intención de dejarla mejor de como la encontró. Es, en definitiva, un espejo del alma de Marcelo Torres Cruz, interpretado por la maestría sensible de Guillermo Valero.
En el marco de un ejercicio terapéutico profundo y sanador, el pedagogo y músico Marcelo Torres Cruz compartió con un joven estudiante de artes su historia familiar, sus raíces, sus afectos y las cicatrices que también forman parte del alma. De ese diálogo íntimo y simbólico nació una obra conmovedora: “Mis verdaderos orígenes”, una pintura al óleo que retrata a su familia desde la emoción, la memoria y el deseo de reconciliación interior.
La obra, realizada por un estudiante de artes plásticas en un proceso conjunto de escucha activa y creación compartida, no busca la perfección técnica, sino la verdad del corazón. Cada trazo evoca no solo los rostros y los cuerpos de quienes han sido parte de su linaje, sino también los silencios, las ausencias, los sueños postergados y las raíces profundas que conectan a Marcelo con su historia personal y colectiva.
“Pintar a mi familia fue como volver a nacer desde otro lugar”, expresó Marcelo durante la entrega del cuadro. El ejercicio, más que artístico, se convirtió en una herramienta de autoconocimiento y liberación emocional. La pintura recoge no solo a sus seres queridos, sino también el paisaje simbólico de su infancia, los colores de su tierra, y ese sentimiento de identidad que ha marcado su camino como educador y sembrador de paz.
El dibujo al lienzo sobre la proyección deportiva de Marcelo Torres Cruz representa la fuerza, la disciplina y la armonía entre el cuerpo y el espíritu. En esta obra se plasma a Marcelo no solo como un pedagogo y artista, sino como un ser humano integral que comprende el deporte como una forma de educación emocional y transformación social.
En el lienzo, las tonalidades cálidas y los trazos firmes simbolizan la energía vital del movimiento, mientras que las luces suaves evocan la serenidad y el equilibrio interior que caracterizan su filosofía pedagógica. La figura de Marcelo aparece en actitud de avance, proyectándose hacia el horizonte, como metáfora de su constante búsqueda de superación, resiliencia y bienestar colectivo.
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