Maestras Inesperadas
Columna Dominical
Por Marcelo Torres Cruz
Has planteado una reflexión que busca convertirse en una columna de opinión. Te propongo un texto con un tono literario, reflexivo y crítico, inspi rado en el estilo narrativo de Mario Mendoza, aunque con una voz propia centrada en la pedagogía social y la reconciliación.
Escritura
Las maestras inesperadas
Durante muchos años me resultó difícil reconciliarme con ciertos discursos que hablan en nombre de las mujeres. Quizás porque crecí observando otras formas de resistencia. Mujeres de carne y hueso que madrugan antes que el sol, que levantan a sus hijos, que sostienen hogares, organizaciones, escuelas, huertas y sueños. Mujeres que no necesitaban proclamar su lucha porque la encarnaban cada día. Mujeres de mi pueblo que me enseñaron que la dignidad no siempre se anuncia; muchas veces se practica.
Vivimos en un país enfermo de polarización. Colombia parece un territorio condenado a dividirse constantemente: ricos contra pobres, izquierda contra derecha, campo contra ciudad, jóvenes contra viejos. Cada discusión termina convertida en una batalla donde lo importante no es comprender al otro sino derrotarlo. Hemos aprendido a clasificar personas, ideas y afectos como si la realidad pudiera reducirse a dos bandos enfrentados. Y en medio de ese ruido, encontrar voces que convoquen a la unidad se convierte casi en un acto revolucionario.
Por eso me sorprendieron dos mujeres provenientes de mundos completamente distintos. La primera fue la hija del presidente Gustavo Petro. En medio de la controversia pública alrededor de James Rodríguez, eligió un camino poco frecuente en estos tiempos: el de la invitación al encuentro. No respondió desde el ego, ni desde la provocación, ni desde la necesidad de imponer una verdad. Habló de unidad nacional. Habló de reconocer al otro más allá de las diferencias. Y en ese gesto encontré una lección pedagógica profunda: la capacidad de poner el país por encima de las trincheras ideológicas.
Debo confesar que James Rodríguez siempre me ha producido contradicciones. Tal vez porque representa una Colombia difícil de clasificar. Un hombre que parece tener la cabeza orientada hacia la derecha mientras su pierna izquierda produce algunas de las jugadas más bellas del fútbol. Una metáfora involuntaria de nuestro país: lleno de contradicciones, de tensiones y de posibilidades. Pero precisamente por eso resultó valiosa aquella invitación al diálogo. Porque la unidad no consiste en pensar igual sino en aprender a convivir con las diferencias.
La segunda mujer fue Esperanza Gómez. Y quizás aquí aparece una de las lecciones más incómodas para una sociedad acostumbrada a juzgar. En una entrevista la escuché hablar de su esposo, de su relación afectiva y de una canción de Camilo Sexto que evocaba el amor profundo, la entrega y la construcción compartida. Mientras hablaba, comprendí que muchas veces reducimos a las personas a una sola dimensión de sus vidas. Vemos el personaje y olvidamos al ser humano. Vemos la profesión y dejamos de ver la historia, los afectos, los dolores y las búsquedas.
En sus palabras encontré una mujer capaz de hablar del compromiso, del amor y de la construcción de hogar con una sinceridad que muchas veces escasea en los discursos moralistas. Y entonces comprendí que la pedagogía puede aparecer en los lugares más inesperados. A veces una lección de humanidad surge donde menos la estamos buscando.
Quizás ambas mujeres, desde escenarios completamente distintos, me recordaron algo fundamental: la verdadera transformación social no nace de la humillación del otro. Nace de la capacidad de reconocer su humanidad. En tiempos donde la confrontación se ha convertido en espectáculo y la indignación en mercancía, quienes invitan a la unidad están realizando un acto profundamente pedagógico.
Tal vez el desafío de Colombia no sea escoger entre izquierda y derecha, entre feminismo y antifeminismo, entre tradición y modernidad. Tal vez el desafío sea aprender a escucharnos. Aprender a construir una identidad nacional que no se fundamente en la exclusión sino en el encuentro. Una identidad capaz de aceptar que las personas son mucho más complejas que las etiquetas con las que intentamos definirlas.
Las maestras inesperadas aparecen así: una desde los pasillos de la política y otra desde un universo que muchos prefieren mirar con prejuicio. Ambas, sin proponérselo, terminan enseñando la misma lección. Que la unidad sigue siendo posible. Que la dignidad humana es más grande que nuestras diferencias. Y que quizás el futuro de este país comience el día en que dejemos de preguntarnos de qué lado está alguien y empecemos a preguntarnos qué puede enseñarnos.
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