lunes, 23 de marzo de 2026

La narrativa dominante

Columna del día
Por Marcelo Torres Cruz
La narrativa dominante
Hay una voz que siempre intenta imponerse. No grita necesariamente, pero insiste. Se filtra en las conversaciones familiares, en los silencios incómodos de la pareja, en los titulares que aparecen cada mañana como si fueran verdades irrefutables. Es la narrativa dominante: esa forma de contar la historia que termina convirtiéndose en la historia oficial.
En cada familia hay alguien que toma la palabra y construye un relato donde los hechos parecen ordenarse a su favor. No siempre lo hace con mala intención. A veces lo hace desde la herida, desde el abandono, desde una infancia que aún no ha sido comprendida. Pero lo hace. Y al hacerlo, moldea la percepción de los otros, instala una versión que empieza a repetirse hasta volverse incuestionable.
Lo mismo ocurre afuera, en esa jungla más amplia que llamamos país. Los medios de comunicación han aprendido a narrar la realidad con una precisión quirúrgica: seleccionan, editan, amplifican. No muestran el mundo, lo reinterpretan. Y en esa reinterpretación, muchas veces, la mentira se disfraza de certeza y la verdad se diluye como un rumor incómodo. Así, se construye un abecedario político donde las personas terminan confundidas, atrapadas en discursos que no comprenden del todo, pero que repiten como si fueran propios.
Por eso hoy discutimos tanto. Porque no estamos debatiendo hechos, sino versiones. Porque cada quien defiende la historia que le contaron… o la que se contó a sí mismo para sobrevivir.
Pero hay algo más inquietante aún: ni siquiera nuestra propia narrativa es completamente fiable. Nos contamos historias para darle sentido al dolor, para justificar decisiones, para no mirar de frente aquello que nos duele. Y en ese ejercicio íntimo, también distorsionamos. También omitimos. También inventamos.
Entonces, ¿dónde está la verdad?
No en una versión única, rígida y lineal. La verdad no es una línea recta, es un territorio en disputa. Se construye en el encuentro, en la escucha, en la capacidad de cuestionar lo que creemos absoluto. En la familia, en la pareja, en la sociedad, la verdad emerge cuando dejamos de defender nuestra historia como si fuera la única posible y empezamos a abrir espacio para otras voces.
Se necesitan herramientas. No solo intelectuales, sino emocionales. Terapéuticas. Se necesita aprender a escuchar sin defenderse, a recordar sin maquillajes, a narrar sin necesidad de tener la razón. Porque solo así empezamos a acercarnos a algo más honesto.
Tal vez la verdadera historia no sea la que nos deja bien parados, sino la que nos permite comprendernos. La que reconoce el miedo, pero también el camino recorrido. La que no oculta las caídas, pero resalta la posibilidad de levantarse.

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