viernes, 13 de febrero de 2026

Acompañamiento terapéutico

Conocí a Gabriela Rodríguez cuando apenas cursaba los primeros grados. Era una niña de inteligencia viva, inquieta, analítica, hija de educadores: un músico capaz de leer el mundo en partituras y una maestra formada en la tradición del Colegio Don Bosco Len XIII. En su casa se respiraba pedagogía; en su carácter, una fuerza que no siempre es cómoda: la terquedad.
Pero la terquedad, cuando está al servicio de un sueño, es una forma secreta del coraje.
Gabriela decidió que quería ingresar a la Universidad Nacional de Colombia. Lo intentó una vez y no fue admitida. Lo intentó dos veces y tampoco. Lo intentó una tercera vez, y la respuesta volvió a ser negativa. Sin embargo, en ese insistir dejó una huella silenciosa: obtuvo el puntaje más alto registrado para el ingreso en su proceso de admisión. No entró por un trámite administrativo del destino, pero demostró que estaba hecha de la materia de los que no retroceden.
Eligió otro camino. Ingresó a otra universidad, comenzó a estudiar medicina y hoy, a mitad de la carrera, se destaca como una de sus mejores estudiantes. Como si la disciplina fuera su segundo idioma, también ha ganado dos medallas de bronce en el taekwondo, ese arte que enseña que la fuerza no está en el golpe sino en la constancia.
¿Qué significa acompañar a alguien así?
No es modelarlo. No es dirigirlo. Es estar presente cuando el mundo parece decir “no” y ayudarle a escuchar el “sí” que late por dentro. El acompañamiento terapéutico que hice junto a ella no consistió en abrirle puertas, sino en recordarle que las puertas no definen el tamaño del sueño.
Gabriela no ingresó a la universidad que imaginó al comienzo. Pero ingresó a su destino.
Y acaso esa sea la lección más honda: no siempre se conquista el lugar que se desea, pero cuando se persevera con dignidad, se termina honrando algo más grande que una institución —se honra el propio llamado.
Si algún mérito hay en el maestro, no está en los logros de su estudiante, sino en haber sabido reconocer, a tiempo, que estaba frente a un espíritu que no necesitaba empuje, sino confianza.
Y el país, sin saberlo, ya se está preparando para recibir a una médica que aprendió antes que nada la más difícil de las ciencias: la de no renunciar.

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