En tiempos de pandemia, cuando el mundo se encogió hasta caber en una pantalla y el miedo se volvió costumbre, Marcelo Torres Cruz hizo algo simple y, por eso mismo, extraordinario: abrió un espacio en el calor de su hogar y lo convirtió en territorio de resistencia. No había grandes equipos ni condiciones ideales. Su computador era pequeño, casi tímido frente a la magnitud del desafío, y su celular, con la pantalla averiada, parecía una metáfora perfecta del momento: ver la realidad a medias, pero no dejar de mirar.
Los laboratorios pedagógicos para familias nacieron entre paredes domésticas, entre ruidos cotidianos y silencios densos. Cada dificultad era una prueba más, cada falla técnica una oportunidad para insistir. Mientras muchos se rendían al encierro, Marcelo entendió que educar también era acompañar, sostener, tender puentes invisibles en medio del aislamiento. No hablaba desde la comodidad, sino desde la necesidad, desde la convicción de que el conocimiento no puede ponerse en cuarentena.
Y así, con recursos limitados pero con una voluntad inquebrantable, llegó a muchas personas. No por la perfección del medio, sino por la verdad del mensaje. Porque cuando todo parecía fracturarse, incluso las pantallas, Marcelo demostró que la educación —como la esperanza— encuentra siempre la forma de seguir encendida.
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