jueves, 1 de enero de 2026

La primera piedra

Fue en algún punto difuso entre 1998 y 1999 cuando me vi, casi sin darme cuenta, integrado al equipo de pastoral juvenil de los misioneros claretianos. A esa edad uno cree que el mundo se explica con consignas, con planes pastorales, con palabras grandes que prometen redención. Ese año comenzó a gestarse un proyecto ambicioso para la provincia: la idea de fundar una casa de juventud. Casa Claret la llamaron. Yo no lo entendía del todo. Creía más en los proyectos que caminan, que se mueven con la gente, que no necesitan paredes. Sin embargo, una casa —decían— lo hacía todo posible.
En ese tiempo la dirigía el padre Jorge Iván Gallo, hermano de Gonzalo Gallo. Fue, sin exagerar, uno de los sacerdotes que más me enseñó. No desde el dogma, sino desde la pedagogía de lo humano. Tenía algo que no se aprende en los seminarios: una espiritualidad atravesada por la vida real, por el conflicto, por la pregunta incómoda. De él me llevé herramientas que todavía cargo, incluso ahora que miro atrás sin indulgencia.
Mi propio discernimiento era un campo minado. La vida comunitaria me pesaba como un traje prestado. Me ahogaba. En cambio, el trabajo comunitario me daba aire, sentido, calle. Me gustaba estar con la gente, pero no siempre con los rituales de la convivencia forzada. Las interacciones me costaban. Mi ánimo no respondía. Vivía con depresiones constantes, silenciosas, de esas que no salen en las fotos.
Por eso, al año siguiente, decidí irme. Salir de ese espacio fue una forma de supervivencia. Pero antes de eso quedó esta imagen. Una foto tomada con el entusiasmo simbólico de la “primera piedra”, el acto fundacional de lo que hoy se conoce como la Casa Juvenil Claret, ubicada a un costado del Parque de Bosa. En la foto aparecemos varios: jóvenes, sacerdotes, creyentes de ocasión, futuros desertores, idealistas cansados antes de tiempo.
En esa imagen estoy yo: Marcelo Torres Cruz, junto a varias personas del equipo juvenil de los Misioneros Claretianos. Todos posamos como si supiéramos lo que estábamos haciendo. Como si no cargáramos dudas. Como si la fe no fuera también una forma elegante de miedo. Algunos sonríen. Otros miran al piso. Cada rostro es un pequeño teatro moral.
Hoy los miro y no juzgo. O tal vez sí, pero empezando por mí. Porque la hipocresía no siempre es maldad: a veces es solo la distancia entre lo que soñamos y lo que podemos sostener. Esa foto no es un recuerdo piadoso. Es un documento. Una prueba de que alguna vez creímos que poner una piedra era suficiente para fundar algo duradero, sin saber que lo más difícil no era levantar la casa, sino aprender a habitarla

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