Volví a clase después de tanto tiempo. Crucé de nuevo la puerta del aula, como quien regresa al origen, al fuego primero. Allí estaba el tablero, mudo y paciente, esperando otra vez la escritura de la vida. Allí estaban los estudiantes, mirándome con esa mezcla de curiosidad y desconfianza, con el silencio que precede a toda revelación.
Me descubrí pidiéndoles cosas simples, casi redundantes: que movieran sus cuerpos, que abandonaran el pupitre, que caminaran, que respiraran, que cerraran los ojos y escucharan el latido de su propio corazón. Porque la pedagogía, lo sé ahora más que nunca, no se hace con un cúmulo de conceptos muertos, sino con manos que se tocan, con sonrisas que iluminan, con un saber que se construye entre todos.
Y en medio de ese retorno vino a mi memoria aquella vez, hace tantos años, cuando en un colegio alguien me llamó un metafísico de la educación. Al principio sonó como una exageración, una etiqueta extraña, casi delirante. Pero con el tiempo comprendí que tal vez tenía razón: educar, en el fondo, es un acto metafísico, porque se trata de atravesar lo invisible, de tocar lo que no se puede nombrar, de arriesgar la vida entera. Y sí, había en eso una sensación suicidaria: enseñando me sentía al borde del abismo, con la certeza de que podía caer en cualquier instante. Pero era en ese vértigo donde me descubrí más vivo que nunca.
El aula se transformó en un círculo sagrado. No era un salón cualquiera, era un templo de la vida. En sus paredes resonaba el eco de una espiritualidad que jamás he perdido, esa ritualidad que me acompaña desde tiempos inmemorables, desde las raíces profundas de un Chile antiguo hasta este presente lleno de contradicciones.
Han pasado veintisiete años desde aquel Andrés Bello donde quizá comenzó todo. Y sin embargo, cada vez que vuelvo, descubro que no he perdido la esencia: sigo siendo el mismo educador místico, el que ve en la enseñanza un acto creador, el que entiende que educar es invocar, convocar, despertar lo más humano en cada ser.
El aula no es solo un espacio académico: es un territorio donde se abren los sabores, donde el espíritu se expande, donde la vida entera se reinventa. Allí se revela la pedagogía del humano, la más urgente de todas, la que nos recuerda que seguimos siendo carne, espíritu, memoria y misterio.














